Por montera el tricornio,
el vestido verde oliva,
la capa de paño verde,
los zapatos relucientes,
el loro la propia vida.
El paseillo yo solo,
más sólito que la una,
lidiando con tantos toros,
envistiendo sin cordura.
El tercio de picadores,
con caballos percherones,
el peto de puro esparto,
el quite de los honores.
Las puyas son de diamante,
la vara en la misma mano,
empujando hasta las cuerdas,
la sangre de los hermanos.
El tercio de banderillas,
te clavan cinco por una,
de arpones enrarecidos,
al violín... es la última.
El brindis montera en mano,
al señor de lo mandado,
cumpliendo el protocolo,
del criado con su amo.
La lidia es muy pausada,
sin prisa por acabar,
ya que en ello va la vida,
y no la quiero dejar.
Las cornadas a escondidas,
la incomprensión día a día.
De la grandeza al olvido,
la sinrazón predomina.
Los aplausos son ausentes,
la faena abundante,
la divisa del despecho,
la medalla en otro pecho
Ya llegaron las mulillas,
con cadenas del arrastre
con el yugo de madera
con orejeras de gala,
con relucientes bozales.
Ya podéis presumir,
de mi pobreza en la vida,
que sólo llega a ese fin,
con vosotros de cuadrilla.
Eso sí... lo más sutil
de tan brillante corrida,
es el triunfo de uno solo,
que supo llevar la lidia.
El tricornio por montera,
yo me retiro del coso,
a la grupa del destino,
yo me siento grandioso.
Yo toreé en esta plaza,
vestido de verde oliva,
la capa del mismo verde,
con tricornio de charol,
el toro de la propia vida